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LOS CONSEJOS DE NUTRINANNY®
Compartir la comida en familia puede ser un momento para parar, hablar y disfrutar juntos. Sin embargo, cuando un niño rechaza los alimentos de forma habitual, este momento puede volverse más difícil y generar dudas o preocupación en casa.
Si esto te resulta familiar, y sientes que tu hijo no quiere comer nada, tranquilo/a. Es una situación muy habitual en la etapa infantil y, en la mayoría de los casos, no hay nada preocupante detrás. Simplemente, forma parte del proceso de crecimiento y aprendizaje de los niños/as que no comen o que comen peor durante ciertas etapas.
Entender por qué ocurre y saber cómo actuar puede ayudarte a vivirlo con más calma y, sobre todo, a evitar que la comida se convierta en una fuente de tensión diaria.
A veces tendemos a pensar que hay un problema cuando un niño rechaza la comida, pero lo cierto es que no siempre es así.
Durante la infancia, especialmente a partir de los 2-3 años, es frecuente que aparezcan etapas en las que el apetito cambia o en las que los niños se vuelven más selectivos. Pueden mostrar rechazo hacia alimentos nuevos o menos familiares.
A esto se suma que su apetito no es constante y puede variar mucho de un día a otro.
También es habitual que desarrollen preferencias y sean selectivos con los alimentos, ya sea:
Lejos de ser un problema en sí mismo, forma parte de cómo va construyendo su relación con la comida.
Aunque la mayoría de estas situaciones entran dentro de lo esperable, hay momentos en los que conviene observar un poco más de cerca lo que está ocurriendo.
Por ejemplo, puede ser recomendable consultar cuando:
También es importante prestar atención si se sospecha de una repercusión en su crecimiento, o si afecta a su nivel de energía.
En algunos niños esta selectividad es más marcada, lo que muchas veces se describe como “picky eaters”. Son niños que sí que comen, pero de forma restringida a sus alimentos “aceptados”. Necesitan más tiempo y más exposición para aceptar nuevos alimentos. Esta situación suele resolverse de forma natural alrededor de los 6-7 años.
En casos muy poco frecuentes, podemos encontrarnos con un trastorno evitativo restrictivo de la alimentación, conocido como ARFID. En esta situación, que requiere valoración y acompañamiento por parte de profesionales de la salud, el niño prefiere no comer en absoluto y muestra aversión por muchos alimentos, con un impacto negativo en su salud.
Más que centrarse en cuánto come, es importante cuidar el contexto en el que se come. El papel de las familias y los adultos que acompañan las comidas es clave:
Con la mejor intención, es fácil caer en dinámicas que, sin darnos cuenta, hacen que el rechazo aumente.
Algunas de las más habituales son:
También es frecuente ofrecer alternativas de forma inmediata cuando algo no le gusta, lo que reduce las oportunidades de que se familiarice con otros alimentos, como os contamos en el artículo sobre qué hacer ante la negativa de comer o acabar el plato.
Este tipo de estrategias, aunque parecen funcionar a corto plazo, suelen generar más rechazo con el tiempo.
En la mayoría de los casos, estas etapas se resuelven con el tiempo. Sin embargo, hay situaciones en las que puede ser útil contar con la orientación de un profesional.
Si la dieta es muy limitada, si hay preocupación por el crecimiento o si la hora de la comida genera un malestar constante en la familia, buscar ayuda puede aportar tranquilidad y pautas adaptadas a cada caso.
Si crees que tu hijo/a no quiere comer, o come menos que el resto, es normal que sientas preocupación. Pero también es importante recordar que es algo frecuente y que, en la mayoría de los casos, mejora con el tiempo.
Con paciencia, constancia y un enfoque más relajado, los niños van ampliando poco a poco su alimentación. Aprender a comer también forma parte de crecer, y acompañar el proceso con calma es el mejor regalo que podemos hacerles.